Estaba hace unos días en una de esas video llamadas que nos ha traído el COVID con un par de locos y a la par brillantes emprendedores comentando un proyecto estratosférico sobre el que llevan un tiempo trabajando. Matizo, no vaya a ser que induzca a malentendidos. Lo de locos y brillantes debéis reconocerme que son características innatas de l@s emprendedor@s de éxito. Lo de estratosférico es literal pues el proyecto tiene que ver con el mundo espacial.
Después de llevar un buen rato hablando sobre el proyecto, el equipo, la aportación de valor, el mercado target, el MVP y las necesidades de financiación que tenían, surgió el tan recurrente tema de la valoración. El proyecto en cuestión, y hasta donde sé, es un proyecto sin sociedad constituida, con mucho análisis, pero todo basado en hipótesis. Vamos, más una brillante idea que un negocio. Sin MVP. Sin organización aparente entre los diferentes implicados. Sin una aportación previa de cash ni por parte de los emprendedores, ni de terceros inversores. Y sin embargo, y a pesar de todo, tienen bien claro que la valoración de su proyecto cuenta con un mínimo de siete ceros empezando por la derecha y el uno no es la primera cifra por la que empieza la valoración. Ahí dejo el acertijo de la cuantía.
Nos enzarzamos en una tertulia en la que intentábamos desde el otro lado de la pantalla entender cómo argumentar frente a los potenciales inversores la tan elevada valoración. Y en esas estábamos cuando no pude evitar dirigir mis pensamientos hacia mis hijos. Ellos empezaron en pleno confinamiento a desarrollar un proyecto. Esto de tener a una madre que no para de hablarles de startups debe haberles influido un poco. Han ideado un proyecto para la fabricación de vehículos eficientes y respetuosos con el medioambiente, capaces de volar, navegar y unas cuantas historias más. Cierto es que algo ya hay por ahí. Me viene a la cabeza AirCar (https://www.businessinsider.es/aircar-coche-volador-ya-ha-superado-primer-vuelo-756321), por lo que, en este caso, impulsores no serán, a diferencia del proyecto estratosférico.
Tengo en casa a dos enanos que han hecho un plan de negocio (muy precario) en el que han dibujado el personal que necesitarán, los roles que cada uno de ellos tendrá, el tiempo que tardarán en construir el primer prototipo. Tienen la marca y los primeros planos y diseños, incluso hasta han discutido de dónde van a financiarse (su madre será la primera, obvio, haciendo honor a las 3F’s). Mis peques, sin embargo, no se han parado a establecer la valoración de su proyecto.
No me digáis que no hay cierto silogismo entre aquellos locos brillantes y los soñadores que tengo por hijos.
Podríamos hablar de los diferentes métodos de valoración de startups (descuento de flujos de caja o los múltiplos de empresas comparables, entre otros), pero muchos de vosotros, yo la primera, acabará afirmando que son métodos difícilmente aplicables a proyectos incipientes, en los que a duras penas hay métricas o datos objetivos a los que acogerse. Entonces aparece la tan compleja pero a la par necesaria tarea de valorar la startup, sin posibilidad de recurrir a métodos objetivos sino a criterios subjetivos. Donde se asienta la tan peligrosa discrecionalidad. Más cuando se trata de la valoración para una primera ronda.
Lo perverso de la valoración está tanto en no llegar, en cuyo caso te diluyes más de lo que deberías; o en pasarse, y entonces no encontrar a inversores que apoyen el proyecto. Como decía Joaquín Prats en el mítico programa de El Precio Justo: “Ganará el que más se aproxime sin pasarse a su precio justo.”
Sin duda que la cuestión de la valoración tiene sus complicaciones pero es la piedra filosofal sobre la que se sustenta toda ronda de financiación. Hacer un buen ejercicio de análisis para llegar a ese precio justo (valoración) es imprescindible. Ello da valor a la startup y en gran escala contribuye a un ecosistema emprendedor firme y sostenible. Porque lo siguiente a lo que podríamos apelar es al deterioro que las malas valoraciones causan al ecosistema emprendedor en general, pero eso es otra historia que no viene ahora al cuento.
SOBRE SILVIA
Licenciada en Derecho por la Universidad de Navarra y licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universitat Abat Oliba CEU. Máster en Derecho de los Negocios por el ICAB. Multinational MBA por Esade y Universidad Adolfo Ibáñez.
Lleva más de quince años asesorando a startups e inversores. Socia fundadora del despacho de abogados LEXCREA, S.L.P. Despacho especializado en el asesoramiento a startups, pymes, inversores, business angels y demás entidades de capital riesgo. Mentora de emprendedores en BerriUp y AticcoLab e inversora aficionada en startups tecnológicas.
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